No sólo de gentrificación vive la geografía radical

The question was never to get away from facts but closer to them, not fighting empiricism but, on the contrary, renewing empiricism. (…). The critic is not the one who debunks, but the one who assembles. The critic is not who lifts the rugs from under the feet of the naïve believers, but the one who offers the participants arenas in which to gather. (Latour, 2004: 231-246)

Introducción

Creemos importante aprovechar este coloquio para repensar algunas de las intuiciones que han impregnado los posicionamientos críticos y radicales de los estudios urbanos entorno al concepto de la gentrificación. Nos referimos, fundamentalmente, a las asunciones ontológicas y epistemológicas que han tendido a concebir este fenómeno urbano como un contenedor de algo más; un algo más, que siempre se encuentra encerrado en una distribución de los posibles dada de antemano; y en la que cualquier tipo de movimiento o conflicto se encuentra contenido en los límites de un conjunto de alternativas preconcebidas. Por decirlo con otras palabras, estaríamos hablando de una idea de conflicto urbano que nos conduciría a documentar, denunciar y resistir las determinaciones económicas y políticas del neoliberalismo, en lugar de propiciar bifurcaciones y aperturas imprevisibles que, ajenas a los términos de una dinámica preconcebida, se orientaran hacia un horizonte no dado.

Hemos organizado nuestra presentación en dos bloques. En el primero esbozaremos nuestra tesis: que hemos titulado “problematizar el problema” [entendiendo la gentrificación como el problema]. Y, además, señalaremos algunas de las aproximaciones y trabajos que han contribuido a dicha problematización intentando pensar la gentrificación de otras maneras: más como consecuencia y efecto de una multiplicidad de fenómenos heterogéneos, que como una premisa explicativa bajo la que condicionar el análisis empírico. En el segundo bloque abordaremos las posibilidades que abre un enfoque no representacional y constructivista para el estudio de algunos procesos de cambio en el barrio de Gràcia.

Problematizar el problema. El uso de la gentrificación en los análisis críticos sobre las transformaciones urbanas

Desde hace por lo menos dos décadas, buena parte de los estudios urbanos realizados desde posiciones críticas y radicales han proliferado en torno al concepto de la gentrificación. Progresivamente, a medida que la gentrificación se convertía en punto de paso obligado de las investigaciones, críticas y radicales, que se aproximan a los procesos de cambio urbano, este concepto desbordó su confinamiento académico y se introdujo con éxito en el vocabulario de movimientos y luchas; enriqueciendo también el repertorio conceptual de periodistas, expertos/as, vecinos/as o artistas, etc., hasta convertirse posiblemente en el neologismo más exitoso con que la geografía contemporánea haya animado el debate urbano.

No tenemos ninguna duda de la virtuosidad de la gentrificación como concepto imprescindible para la denuncia y la resistencia ante las estrategias de transformación urbana que, bajo la apariencia de actuaciones modernizadoras, han entrañado, tanto procesos de desposesión urbana y apropiación capitalista, como nuevas actuaciones dirigidas a incrementar la gubernamentalidad neoliberal de las ciudades contemporáneas.

Ahora bien, tal y como lo vemos nosotros, la retórica de la gentrificación se mueve en un marco ontológico que restringe las condiciones de posibilidad de los objetos de estudio, conteniendo y pacificando fenómenos, no solo complejos, sino múltiples en términos ontológicos –es decir, que existen simultáneamente de muchas maneras–. Mayoritariamente, los estudios sobre la gentrificación arrastran consigo los límites de la ontología moderna y su organización del mundo a partir de las oposiciones binarias habituales –local/global, humano/no-humano, sujeto/objeto, sociedad/naturaleza, etc.–; dualismos que nos obligan a dar cuenta de los fenómenos desde algún tipo de apriorismo esencial, discursivo o simbólico; que, dicho sea de paso, suelen casar muy mal con la multiplicidad, la heterogeneidad, la complejidad o la innovación. Por este motivo, pensamos que el concepto de la gentrificación ha podido amordazar demasiadas investigaciones sobre la ciudad contemporánea. Es decir, al abordar la ciudad mediante modelos trascendentes y conceptos extrínsecos a las prácticas cotidianas –en lo que parecería un intento de objetivación de la realidad urbana–, la gentrificación simplifica o jerarquiza de entrada las agencias que operan en ella.

De esta manera, además de propiciar aproximaciones a los procesos urbanos como si se tratasen de una realidad empírica dada, preexistente, y más o menos estática: hay una multitud de dinámicas, relaciones, materialidades y afectos que pierden protagonismo. Fundamentalmente, porque no encuentran acomodo en los términos de un pensamiento fundamentado en categorías preestablecidas, en las que los actores y las posibilidades del litigio, se entienden dentro de unas condiciones de posibilidad dadas. Estamos hablando de la restricción de la gama de actores y el tipo de cuestiones que se les permite dirimir a esos actores: por ejemplo “El capital y la ciudad/los vecinos”, como elenco primordial, y “el diferencial potencial de renta” o “la descaracteritzación identitaria”, como controversias o conflictos posibles.

Lo que queremos decir es que cuando se impone el marco representacional de la gentrificación, incluso las luchas y los activismos parecen restringir su foco, y desestimar la multiplicidad en favor de un concepto autoexplicativo y empoderador. Como consecuencia, los repertorios de acción colectiva parecen elaborarse, cada vez más, en sintonía con las cuestiones discursivas ligadas al concepto de la gentrificación –la tematización, la banalización o la turistificación–, y menos según las cuestiones inmanentes, materiales, afectivas y mundanas que quedan fuera del marco analítico. De alguna manera, el discurso de la gentrificación impone un guión que subsume los fenómenos en un espacio de disputa simbólica e ideológica, dado por supuesto. Un guión que remite a una idea de conflicto cuya dinámica estaría encerrada en unas condiciones de posibilidad dadas. En cierta manera, como si los antagonismos estuviesen ahí fuera, en una esfera externa a nuestra vida diaria, esperando que alguien aceptase el reto de resolverlos. Y lo que es peor, una esfera ajena a nuestra capacidad para revertir o driblar las dinámicas de desigualdad inherentes al capitalismo.

Es decir, cuando las estrategias de renovación urbana son analizadas a través del uso más retórico de la gentrificación, incluso cuando estas estrategias destacan por perpetuar abiertamente la desigualdad –incremento del precio de la vivienda, expulsión de gente de sus casas, privatización del espacio público o restricciones en su acceso–, todos estos fenómenos suelen estudiarse desde un conjunto de alternativas preconcebidas, que oscilan entre dos grandes repertorios: el de la economía política y el de la crítica cultural y simbólica.

Esta voluntad de problematización del uso de la gentrificación como concepto explicativo ha sido promulgada por geógrafos como Loretta Lees, Alan Latham o Arnoud Lagendijk et. al., cuyos trabajos, inscritos en una perspectiva relacional híbrida, asumen el espacio como un efecto de múltiples relaciones heterogéneas en constante cambio, que no cierra la puerta de antemano a nuevas construcciones posibles. Dicho de otra manera, una gentrificación que se toma en serio la concepción del espacio abanderada por Doreen Massey, compartida y enriquecida por otras aproximaciones como el concepto de ensamblaje, la teoría no representacional o la teoría del actor-red y sus derivadas.

Lejos de un ejercicio exclusivamente retórico, estas propuestas son abiertamente empíricas, es decir, están concebidas para analizar y entender mejor la ciudad, menos en función de cuestiones de hecho –aparentemente incontrovertidas y con frecuencia fijadas por los medios de comunicación o las instituciones– y más como cuestiones de interés que, con más o menos protagonismo, involucran formas de vida, relaciones, necesidades, deseos y debates que suelen quedar sepultados por las cuestiones de hecho. Es decir, como advertía Bruno Latour en la cita que abría nuestra presentación, una posición realmente crítica no puede limitarse a juzgar, criticar o decantarse discursivamente –alejándose de los hechos en base a categorías externas–, sino que tiene que acercarse a ellos, renovando el empirismo, y buscando articulaciones alternativas que, en lugar de juzgar el estado de cosas, puedan ayudar a hacer existir algo nuevo que lo desborde. La traducción metodológica de esta posición nos conduce a una investigación situada que, en lugar de partir de una serie de variables apriorísticas y discursivas que constriñen nuestros trabajos, asume que la tarea de definir y ordenar lo social debe dejarse a los actores mismos y a las cuestiones de interés en que estos puedan estar involucrados.

Se rechaza de esta manera la determinación previa de estructuras causales, de agentes implicados, de relaciones de poder o de marcos espaciales que encauzan la acción. Es por esto que, como sugiere una consigna metodológica de la ANT, para recuperar algún sentido del orden, la mejor solución es rastrear relaciones entre las controversias mismas en vez de tratar de decidir cómo resolver cualquier controversia dada. Dicho de otra manera, y parafraseando a Latour, la gentrificación no explica nada, debe ser explicada.

Ampliando la ecología de la gentrificación en el barrio de Gracia

Tal y como hemos enunciado en el inicio de esta presentación, intentaremos problematizar los marcos a través de los cuales se concibe el fenómeno de la gentrificación en el barrio de Gracia. Ubicado en el centro geográfico del municipio de Barcelona, cuenta en la actualidad con aproximadamente 50.000 habitantes censados y una trama urbana de calles y plazas que se remonta al siglo XVII y se finaliza a principios del s XX.

Hay dos elementos clave para enmarcar el caso. Por un lado, la existencia de una fuerte identidad del lugar. Su condición de municipio independiente durante gran parte del siglo XIX hasta 1897 –cuando fue anexionado a Barcelona–, la existencia de entidades culturales centenarias en activo, la reivindicación de la cultura tradicional catalana y la conmemoración de capítulos de la historia local performados en diferentes eventos a lo largo del año; contribuyen a estabilizar y actualizar esta identidad. Por otro lado, Gracia no ha quedado al margen de los procesos de cambio y renovación urbana que ha experimentado Barcelona desde mitad de los años 80 y que han afectado, como no puede ser de otra manera, a las prácticas cotidianas de sus habitantes, transformando así el paisaje residencial y comercial del barrio. Sin que se pueda identificar un momento o un hito desencadentante, Gracia empezó a albergar una proporción de equipamientos culturales, establecimientos de ocio nocturno y comercio especializado mucho mayor que otros barrios con una trayectoria histórica similar. Una realidad diferenciada y una especialización funcional que continuó amplificándose hasta convertirse en una preocupación política, evidenciada por los diferentes Planes de usos que el gobierno municipal ha implementado desde los años 90 hasta hoy.

Tomando esto como punto de partida, cabe decir que hoy se habla, y con frecuencia, del proceso de gentrificación del barrio. A los problemas de acceso a la vivienda y substitución residencial se le añade la preocupación por la pérdida de comercio tradicional agravada en los últimos años por la llamada turistificación del barrio. Las reivindicaciones de los movimientos sociales – asociaciones vecinales, centros sociales autogestionados, espacios anticapitalistas con más o menos vinculación con partidos políticos – se manifiestan a través de publicaciones, espacios web, carteles y pintadas en las paredes o performances en las fiestas populares. La gentrificación, como advertíamos al inicio del texto, ha trascendido los dominios de la academia y se ha instaurado en el lenguaje común.

Lejos de negar las dinámicas en las que nos vemos directamente afectados, proponemos aquí un doble movimiento siguiendo las propuestas que emanan del giro relacional híbrido. En primer lugar, desplazar el marco de la discusión de las cuestiones de hecho, aquellos objetos indiscutibles y dados por sentado, a las cuestiones de interés, aquellos vínculos problemáticos que permiten pensar en la composición de otra ciudad. En segundo lugar sugerimos, ampliar la ecología de las prácticas que afectan a los procesos de renovación urbana, incorporando agencias, decisiones y elementos que han quedado fuera del marco ortodoxo de la gentrificación.

Con el objetivo de proponer este doble movimiento, revisaremos la crítica actual al aumento del Turismo (en mayúscula) en el barrio. Si dejamos de lado las muestras reaccionarias que, rozando la xenofobia, ridiculizan la figura del turista y lo apuntan como la alteridad culpable de los males del barrio, podemos trazar dos grandes relatos que se entremezclan hasta tornarse indivisibles con el fenómeno de la gentrificación. Por un lado, la emergencia de las prácticas turísticas en la Vila de Gracia se consideran la última encarnación de los mecanismos de acumulación y desposesión del neoliberalismo. El turismo expropia, desposee, usurpa los bienes comunes del barrio a través del proceso de mercantilización y comodificación del espacio público. Cualquier presencia turística es potencialmente sospechosa y síntoma de la venta de la ciudad al mejor postor. Paralelamente, el turismo, a través de dicha mercantilización tematiza la ciudad, la banaliza y la vacía de su significado original. El turismo mata el alma del barrio, que ya nunca volverá a ser aquel lugar vernáculo, auténtico, con aquella carga afectiva que facilita relaciones comprometidas con la comunidad local.

Estas dos aproximaciones maximalistas tienen en común la consideración del Turismo (de nuevo en mayúsculas) como objeto discreto y enajenado a la condición urbana, como algo dúctil, configurable a través del recurrente “modelo turístico”. El Turismo se toma como algo que viene de lejos, de fuera de la ciudad, externo a nuestra cotidianidad, que se encarna bien en los cuerpos de los turistas, bien en los negocios de los grandes empresarios. Si, por el contrario, en lugar de maximizar el Turismo lo descentramos y lo consideramos en minúscula, rastreando sus cursos de acción, sus intensidades, sus ritmos; en definitiva, diluyendo sus prácticas en las dinámicas urbanas, lograremos despojar su valor representacional para centrarnos en su valor performativo. De esta forma quizás nos resulte más fácil detectar las cuestiones de interés, esto es, el efecto de sus prácticas y los elementos, discursos y políticas que las facilitan.

Basta superponer las trayectorias de los residentes con aquellas de los que consideramos turistas para darnos cuenta de que compartimos muchas de las actividades que acontecen en las calles, los rituales más mundanos, incluso las tradiciones más antiguas. Basta un simple cuestionario a pie de calle para evidenciar que muchas de las instituciones consideradas esenciales del barrio – negocios, entidades culturales, eventos, paisajes– se sustentan gracias a las agencias de turistas, visitantes, estudiantes, familiares; que estabilizan y facilitan la pervivencia de muchos de estos nodos. Las 35 librerías que hoy alberga Gracia –con 50.000 habitantes, recordemos– no existirían, algunas ni se plantearían su existencia, de no ser por la agencia de los transeúntes, turistas o no, que construyen el lugar. Un lugar que pasa de ser un mero contenedor a convertirse en un evento que se performa cada día de múltiples maneras, abriendo la puerta a nuevas formas de componer el barrio. Al ampliar la ecología de la gentrificación y considerar también la agencia de la materia, de aquello no humano –aunque no por ello menos social que los discursos– se pone en evidencia algo tan obvio como el hecho que la mejora de las condiciones de movilidad de calles y plaza, su pacificación, su peatonalización, tiene un efecto amplificado en la intensidad de su uso y, como consecuencia, en un mayor potencial de substitución del tejido comercial. A modo de ejemplo, la calle Asturias, una de las puertas de entradas al barrio, ha visto substituido 2/3 de sus negocios desde su pacificación a finales de la década de los 2000. No queremos criminalizar la peatonalización ni señalarla como la única culpable pero no estaría de más incluir los efectos detonados por ese cambio del ensamblaje de la calle en el debate sobre la sustitución comercial.

En conclusión, creemos que esta mirada práctica, performativa y relacional de los procesos de renovación urbana nos permite alejar las cuestiones de interés de la amenaza de la tematización o de la lógica global del circuito secundario del capital. Por el contrario, nos muestra algo mucho más esencial y no por ello menos crítico: hace emerger las múltiples formas de perpetuar la apropiación del diferencial de renda, ampliando así el marco analítico de Neil Smith. Y lo hace distribuyendo responsabilidades más allá de los marcos preestablecidos y a favor de una concepción de la gentrificación que, a nuestro entender, precisa volver a poner el foco en las cuestiones más radicales, en el habitar el lugar en común, en la vida misma. Una vida que empieza por asegurar el derecho a una vivienda y el derecho a negociar el espacio urbano.

Albert Arias Sans, Brais Estévez Vilariño y Jorge Ignacio Selfa Clemente

Latour, Bruno (2004). Why has critique run out of steam? From matters of fact to matters of concern. Critical inquiry, 30(2), 225-248.


* Transcripción de la comunicación realizada por los autores en el Coloquio Internacional capitalismo global y procesos de regeneración urbana. Homenaje a Neil Smith –celebrado en Barcelona los días 14, 15 y 16 de septiembre de 2015–.

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