Nadar entre tiburones. La peligrosa aventura de buscar casa en Barcelona

A continuación se expone la experiencia personal durante catorce meses para acceder a la vivienda en Barcelona tras unos años fuera de la ciudad. El objetivo es visibilizar la dureza actual del mercado de un bien básico -la vivienda-, y manifestar la necesidad de la intervención pública para garantizar su acceso. El caso de Barcelona es extrapolable a la situación de muchas otras urbes cuyo modelo de crecimiento ha relegado a sus ciudadanos a la infravivienda, la indefensión y la resignación ante la libertad de un capital especulador con el que difícilmente se puede competir.

Una primera relación de desigualdad se da entre los dos tipos de demanda que de forma simplificada llamaré “ciudadano medio” e “inversionista”. Ambos pujan por un mismo bien pero en condiciones y con recursos bien dispares. Obviamente, el vendedor se decantará por aquel que le ofrezca más garantías y agilidad a la hora de realizar la venta: el inversionista. El capital del inversionista se mueve a la velocidad del rayo, no necesita de tasaciones, hipotecas, avales, seguros… ni todo ese tipo de accesorios que acompañan la compra de cualquier ciudadano medio. Incluso en ocasiones, ni siquiera necesita de cheques o transferencias. El cash suele ser bienvenido y se acepta con llamativa naturalidad. La segunda gran desigualdad se produce ante dos formas de concebir un mismo bien. Ese trozo de suelo con paredes y techo que el ciudadano medio entiende como “su casa” o vivienda, y pone en valor según su uso, el inversionista lo percibe como una moneda de cambio de valor variable, que entrará o saldrá de su “hucha” en función de su rentabilidad.

A continuación expondré por orden cronológico diferentes tipos de actores con los que me he topado durante estos 14 meses. Se resumen de forma estereotipada con objeto de reflejar algunas de las dinámicas internas de este mercado invisibles para la mayoría de ciudadanos, o que al menos para mí y mi círculo más cercano nos eran ajenas antes de empezar a buscar un trozo de suelo, techo y paredes para vivir. A dichos agentes les denominaré tiburones Para expresar en forma de metáfora la sensación prolongada que me ha acompañado durante estos meses: estar rodeada constantemente por depredadores de todo tipo. Si bajas la guardia, te muerden. Y cuando te recuperas de los mordiscos, te vuelven a morder. Una situación de total indefensión y desventaja, con la que debes convivir si quieres conseguir un objetivo lícito, poco caprichoso, y según dicen, un derecho: la vivienda. Acabas asumiendo que los tiburones serán tus compañeros de camino y la única opción es nadar con ellos.

Para contextualizar la visión personal y subjetiva que aquí se presenta, diré que soy mujer, soltera, menor de 30 años, mileurista y con contrato temporal de trabajo cualificado. Menciono todas estas características porque creo que han condicionado los obstáculos con los que me he topado. Aunque, muchas de estas vivencias han sido también experimentadas por amigos que se han enfrentado a los tiburones en épocas y circunstancias más o menos parecidas. Por tanto, lo que explico, no lo entiendo como una situación excepcional.

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Fuente: Washington post

 

Tras 5 años fuera de Barcelona, regreso a la ciudad a principios de 2015. Como ya había hecho anteriormente, me dispongo a buscar habitación en un piso compartido o incluso un piso pequeño para mi sola. El panorama que me encuentro es totalmente diferente a lo que conocía. Ahora, de la mano del turismo y la falaz economía colaborativa, se han incrementado los movimientos inmobiliarios basados en la intensificación de la extracción de rentas inmobiliarias. Encontrar piso es, hoy, un peligroso viaje submarino entre tiburones. A continuación se describen algunos de los ejemplares.

Rémoras que viven de los tiburones
Estos son los primeros que me ayudaron a darme cuenta de que algo había cambiado. Los conocí buscando habitación en piso compartido. Lo que más me asustó no fueron los precios desorbitados de las habitaciones, sino que algunos de mis posibles compañeros de piso “vivían de esto”. Inocentemente, la primera vez, pregunté que qué era esto. Y con toda la naturalidad me respondieron: “bueno, de esto, rento este piso y lo realquilo. El casero ya lo sabe. En éste vivo, pero tengo varios pisos más así”.

Tiburones que ya no rentan para vivir
No hacen falta muchos días para darse cuenta de lo difícil que es encontrar alquileres en Barcelona de pisos pequeños, para 1 o 2 personas, o una habitación decente en determinados barrios. No es que no haya habitaciones vacías o pisos pequeños. Simplemente, no se ofertan como vivienda. Basta con visitar las populares webs o plataformas de alquiler de corta estancia para darse cuenta de la gran cantidad de oferta existente (Ver por ejemplo los datos publicados en este mismo blog el 1/07/2015). La rentabilidad es incomparable. Por tanto, los que buscamos una vivienda, tenemos dos opciones: el golpe de suerte, o apuntarse a las listas de espera de inmobiliarias y particulares y esperar a que nos llamen.

Llegados a este punto, y tras 10 años pagando alquileres en pisos compartidos, empiezo a valorar el pagar una hipoteca en vez de un alquiler. Ya no estoy dispuesta a dejarme más de la tercera parte de mi sueldo en habitaciones sin luz, pisos descuidados, compañeros cambiantes y desconocidos constantemente, o a someterme a los abusos de la especulación y la revalorización del suelo.

Tiburones que venden
Son los que por primera vez me enseñan que lo que yo busco no es una vivienda, más allá del uso que yo le quiera dar, es un “piso de inversión”. Los pisos de menos de 100.000€ y pequeños, es decir, fácilmente reformables y alquilables a turistas, se llaman pisos de inversión.

Así, no hay visita inmobiliaria que no inicie con un “¿buscas para vivir o para invertir?” Obviamente, el trato es distinto por lo que ya he explicado, la agilidad en la venta que ofrece un inversionista frente a un ciudadano medio. Como lo que yo busco como casa es un bien de inversión por su alta rentabilidad en modo de alquiler de corta estancia, escasea. Tal como entran en el mercado salen, por tanto, las opciones vuelven a ser las mismas: el golpe de suerte o apuntarse en una lista de espera.

Víctimas de tiburones que también venden
Entre visita y visita, comprendes que no todos venden en las mismas circunstancias. Algunos, con el revuelo de los últimos tiempos temen no poder seguir alquilando sin licencia sus propiedades a turistas y prefieren aprovechar la rentabilidad del momento y venderlos “ahora que los precios están subiendo” –otra frase que nunca falta en cualquier visita que se tercie-. Estos ofrecen pisos, por ejemplo, sin cosas tan superficiales para los que lo alquilan unos pocos días, como una cocina. ¿Para qué tener una cocina pudiendo hacer una habitación más que alquilar? Otros, víctimas de la especulación inmobiliaria de hace unos pocos años, ya han sido desahuciados y sus pisos destrozados ahora son oferta de “inversión”. También los hay que para evitar lo anterior, venden sus pisos por el valor de lo que les queda de hipoteca, y así, algunos además pretenden regresar a su país de origen.

Tiburones que compran
Los inversionistas. Aquellos que al principio pensaba que eran casos aislados, y sin embargo fueron con los únicos con los que me crucé en cualquier visita a inmobiliarias o pisos. En dos meses y medio de búsqueda, no me encontré con nadie que buscará piso para vivir. Además, la mayoría eran extranjeros: italianos, rusos e israelitas.
Los inversionistas no se lo piensan tanto. Les da igual si una habitación no tiene luz, seguramente a la persona que se lo alquilen de forma temporal también le dará igual. Y así, todo. Deciden mucho más rápido que un ciudadano medio, y por eso, cuando pides una segunda visita para volver a ver un piso que te ha gustado, ya es tarde. Ya está vendido. Hay pisos que duran horas. Cuando varios tiburones que compran te han mordido, aprendes que, además de esperar el golpe de suerte –encontrar algo decente y que te llamen en la lista de visitas antes que a otros-, tienes que decidir a la velocidad del inversionista, a la velocidad que supone condicionar décadas de tu vida en unas pocas horas.

Excursiones de tiburones
Si, además de encontrarme pisos de “puertas abiertas” durante varias horas en los que la gente va entrando y saliendo a su libre albedrio con cuadernos, metros y brújulas; me encontré con excursiones organizadas de rusos que vienen a invertir. En este punto ya estaba a punto de rendirme. Pero tuve mi golpe de suerte. Fui la segunda en ver un piso “de inversión” pero que sus dueños no querían vender para “inversión”. Querían un vecino en el edificio. No querían desconocidos subiendo y bajando durante sus vacaciones y desenfreno en Barcelona. Aprendida la lección, di la señal ese mismo día.

Tiburones prestadores
Consciente de tu propia situación (mileurista con contrato temporal), temes no conseguir una hipoteca. Sin embargo, te das cuenta que la austeridad prestamista de los bancos ya es cosa del pasado. Aun en mi situación, son muchas entidades las que están dispuestas a prestarme dinero. Eso si, para mi sorpresa, lo que no es cosa del pasado es seguir premiando la estructura del hogar en pareja. Hipotecarse individualmente va acompañado de un interés más alto. Por el contrario, tengo la suerte de descubrir que no todo el mileurismo es igual. Al tener un trabajo cualificado, soy un potencial buen cliente para el banco. Para los que nunca hayan pedido una hipoteca, que sepan, que los prestadores no sólo se alimentan de intereses. Disfrutan de suculentas guarniciones obligatorias como tasaciones, seguros, costes de apertura o cierre, notarías, gestorías, etc.

Tiburones que reforman
Aunque pensaba que con los anteriores se acabaría el nadar entre tiburones, quedaban los que a día de hoy han sido los más dañinos: tiburones que reforman. Sobra decir, que con mi situación y recursos, no aspiraba más que a un piso viejo que hubiera que reformar, nada de comprar para entrar a vivir. La ambición y especulación de estos tiburones no es menor que la de los inversionistas. Se necesitan los unos a los otros, conviven, comparten patrones de funcionamiento, se entienden. Muchas veces ni siquiera ven a sus clientes, un intermediario les entrega las llaves y, probablemente desde el extranjero, ya reciben los alquileres de su piso recién reformado sin ni siquiera verlo. Pero el ciudadano medio, se mueve en otros esquemas. Tiene otras necesidades, prioridades y formas de hacer. Con esto, los que reforman no están familiarizados, sus clientes no quieren una vivienda. Todavía más extraño es que quieras una vivienda y seas una mujer joven sin la compañía del “hombre de la casa”. Entonces, es cuando se les afilan los dientes. Señores reformistas, amplíen sus miras. En el 2016 ser mujer no significa mayor vulnerabilidad o desconocimiento ante determinadas situaciones. En el 2016, muchos y muchas buscamos inmuebles para vivir, bien acabados, con unas mínimas calidades, y no pisos hechos de cualquier manera para ser alquilados y recuperar lo invertido lo antes posible. Si, nos importan cosas como la eficiencia de los electrodomésticos, los espacios de almacenaje para guardar nuestras cosas porque no estamos de paso, y los aislantes acústicos y térmicos. Esto, para nosotros son cosas normales. Los que os contratamos para reformar nuestra vivienda, también esperamos recibirla en los plazos acordados, pues no tenemos otro sitio donde vivir. Y además, los chantajes y presiones para cobrar un servicio sin terminar, no forman parte de nuestro día a día.

Tiburones ajenos a los tiburones
Son los que por su contexto y circunstancias han tenido la suerte de no tener que adentrarse en los mares de tiburones. Los que piensan que comprarse un piso es un capricho. Te juzgan y cuestionan. Los que no te comprenden. Los que tienen la suerte de no comprenderte. Una decisión que condiciona tu vida a tan largo plazo y que supone renunciar y sacrificar muchas cosas, no es ningún capricho. La vivienda es una necesidad, a la que cada uno accede como puede y cuando puede, tratando de gestionar sus recursos y necesidades de la mejor forma posible en función de su contexto y sus circunstancias.

Catorce meses después de nadar con tiburones ya tengo casa. Es un bien inmueble hipotecado, pero lo uso como vivienda. Es mi casa. Ahora sólo me queda esperar que ninguno de mis vecinos se convierta en un tiburón de los que viven de esto o de los que ya no rentan para vivir, y que si se convierten en un tiburón de los que venden, lo hagan a un ciudadano que utilice ese trozo de suelo, paredes y techo como vivienda. Quiero seguir teniendo vecinos. Los papeles que todavía recibo en el buzón de “busco piso para comprar” de tiburones que compran para vender, son un mal menor.

Dory Rodríguez

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